
Nunca he sido bueno para hablar ante un público. Siempre me pongo nervioso: el cachete derecho comienza a temblarme y las ideas se van de mi cabeza. Se me dificulta armar frases y acabo haciéndome bolas. Por eso, ayer que fue la premiación del I Concurso Nacional de cuento, Acapulco en su tinta, leí un texto que escribí a la carrera. Y fue el que leí y aquí lo comparto.
“Disfruté mucho el concurso de cuento Acapulco en su Tinta. Fungir como jurado me dio la oportunidad de ver las impresiones diversas que los mexicanos tenemos de Acapulco. En estos 59 cuentos, desfilaron ante mí: chilangos en apuros, empresarios tan ricos como ingenuos, lancheros, cineastas jóvenes en la búsqueda de un film extraviado, actores y actrices de la pantalla grande, piratas, ballenas y pulpos parlantes. Todos dentro de historias que movían a la risa unos; y otros, a la carcajada. La respuesta a la convocatoria fue grande, no obstante de la brevedad de tiempo que dispusieron los interesados para enviar los trabajos, y al final de la lectura de los textos quedé convencido de que queremos mucho a Acapulco.
¿Y cómo no quererlo? Acapulco es el lugar de visita para el turista nacional. Forma parte, desde hace décadas del itinerario vacacional de las familias mexicanas. Todos hablamos del Puerto porque lo hemos visitado en la realidad o a través del anecdotario del vecino viajero. Aquí nos hemos enamorado; hemos despertado luego de una borrachera espantosa; estábamos a punto de morir ahogados en tequila o agua, o de bailar cuatro horas continuas en una disco. Acapulco forma parte de nuestros recuerdos y aún más, del universo imaginario de artistas.
Adivino que con esta convocatoria de cuento Nacional, el Instituto Guerrerense de Cultura hace un llamado a la comunidad de escritores para decirnos que Acapulco no es sol y balas. Acapulco apoya y produce arte. Y esta es otra razón por la cual me place haber participado en Acapulco en su tinta. Tengo la impresión de participar en una campaña que desea salvar el espíritu creativo de las garras de las adversidades.”
Después de mi lectura, la escritora Iris García le dio la palabra a David Martín del Campo. Él habló de la vez en que nos reunimos, él, Bernardo Esquinca, nos reunimos en San Ángel, D.F. para deliberar. Los tres, afortunadamente, coincidimos en que el ganador sería Manuel, el título del cuento era: Caída Libre. Al final, el autor leyó su cuento y recibió, de manos de la poeta Citlali Guerrero, un cheque de 25 mil pesos.
Ahora me encuentro en la parte más latosa de la restauración de mi casita en Palma Gorda: los detalles. Los dos albañiles se encuentran pintando. Ya pintaron mi recámara: azulverde; el patio y la cocina: amarillo canario. Sólo falta la sala.
La sala la quiero color grosella. Hoy llevé la cubeta de pintura y cuando le mostré al maestro albañil, don Ricardo, el color, me dijo, mientras se rascaba la cabeza: ¿Usted cree que combine con los otros colores? Le dije: “La verdad ni pensé en los otros colores.”
Creo que mi pasa parecerá un Jardín de Niños. O una cantina de pueblo. Ninguno de los dos símiles me desagrada.
Estoy cansado. Ha pasado un mes y estoy hartito de comprar el material de construcción, los muebles del baño, de dirigir al personal: los plomeros, albañiles, el pegaloseta, etc. De discutir con ellos.
Mi mamá ya piensa en llamar al sacerdote para bendecir la casa; mi papá piensa en fiesta. Mis hermanas Martha y Nancy me sugieren que degüelle una gallina para que la sangre espante los malos espíritus. Me suena como cosa de santería. Esta creencia debe venir de la costa guerrerense donde la población negra es grande.
Y, por si fuera poco, mañana tengo que estar en Acapulco, en el Festival del Libro y la Palabra. Aún no sé qué texto leer. En un principio pensé en leer narrativa. Estoy a punto de convencerme de leer fragmentos de un texto dramático.


